Si Escuchas Su Voz

El Seguimiento a Jesús

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El Evangelio de Marcos nos relata, de una manera muy escueta, el llamado que hace Jesús a sus cuatro primeros discípulos (Cf., Mc 1, 16-20). El evangelista, fiel a su estilo, no abunda en detalles ni descripciones del escenario en que se produce el encuentro de Jesús con aquellos primeros convocados. Es Jesús quien toma la iniciativa, el llamado es directo: “Vengan conmigo y yo los haré pescadores de hombres” (Mc 1, 17). No hay ninguna evaluación previa a los candidatos, no se les ha pedido sus “hojas de vida” o cualquier otro tipo de credenciales. Jesús estima que nada de eso resulta necesario. Con su libérrima voluntad escoge a los que quiere; y, no porque sean los “mejores” o más “aptos” para el ministerio a encargar. El evangelista también destaca que la respuesta de estos primeros discípulos fue inmediata, no pidieron “tiempo para pensarlo” o para ir a dejar sus asuntos familiares en regla: “Al instante, dejándolo todo, le siguieron” (Mc 1, 18). No hay preguntas de parte de ellos sobre las condiciones del seguimiento. La inmediatez de su respuesta puede significar un acto de confianza absoluta en Jesús. ¿Eran conscientes aquellos primeros discípulos de las consecuencias que tendría el seguimiento a Jesús? Probablemente no, simplemente confiaron. ¿Por qué confiaron? Obviamente, porque creyeron. San Lucas describe la misma escena del llamado de los primeros discípulos en un contexto un tanto diferente (Cf., Lc 1, 5-11): la antesala del llamado es la pesca milagrosa que genera estupor, asombro y temor en Pedro, quien, reconociéndose indigno, cae de rodillas ante Jesús diciéndole: “Aléjate de mi Señor, que soy un pecador” (Lc 1, 8), ese mismo temor es experimentado por Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Jesús calma la ansiedad de Pedro diciéndole: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 1, 10). La respuesta de los discípulos es inmediata: “Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, e siguieron” (Lc 1, 11). Aquellos hombres respondieron con prontitud a la llamada y le siguieron. No sabían en qué se metían, ni eran muy conscientes de los riesgos que ello significaba; pero, confiaron plenamente en la palabra de Jesús. Es esa confianza lo que les permite que lo dejaran todo.

Todos nosotros, sin excepción, somos llamados a seguir a Jesús, en eso consiste, precisamente, nuestra vocación: ser “seguidores de Jesús”; una vocación que se concreta en diversos estados de vida: en la vida religiosa y sacerdotal, o como laicos que ejercen una profesión, y también como “desempleados”. Todos estamos llamados a seguir a Jesús desde nuestra situación particular y propio estado de vida. La vocación cristiana se define como seguimiento a Cristo, de tal modo que quien no sigue a Jesucristo no puede ser considerado cristiano. Jesús pide a sus discípulos, más que imitarle, seguirle. Todos nosotros por nuestro Bautismo participamos de una vocación común, es decir: todos somos llamados a “seguir a Cristo.”

Más que seguidores de una doctrina, somos seguidores de alguien (de una persona) que es Jesús; por ello, no basta con conocer la doctrina, hay que conocer en primer lugar a Jesús. Y ¿Cómo podemos conocerle? Ciertamente, a través de su doctrina, de los hechos y palabras que nos narra el Evangelio, lo que nos han transmitido sus apóstoles, etc., pero nada de eso puede sustituir el conocimiento que nace de un encuentro personal con Él. Nosotros podemos encontrarnos con Jesús en nuestra experiencia diaria, a través de su Palabra, en la oración, en los sacramentos, en el encuentro con las otras personas, particularmente con el pobre que sufre, con los excluidos de la sociedad. El encuentro con Jesús viene mediado por el encuentro con el otro.

Seguir a Jesús, es decir, “ser cristiano”, supone ciertas condiciones y exigencias, no solo conocer a quien seguimos sino estar dispuestos a comprometernos con Él. En primer lugar, ese seguimiento es una opción totalmente libre, Jesús no nos obliga a seguirle, sino que te dice “si quieres puedes seguirme”; pero, desde el momento que tomas la decisión de hacerlo tienes que cumplir con las exigencias de ese seguimiento. Jesús pide a sus discípulos renuncias radicales, las mismas que pueden parecer a muchos como “condiciones inaceptables”, tales como: negarse a sí mismo, dejarlo todo, cargar la cruz, estar dispuesto a “perder la vida” (Cf., Mc 8, 34-38).

Toda opción siempre exige renuncias, sufrimiento. En la vida siempre tenemos que tomar opciones, y cada vez que nos decidimos por algo, tenemos que dejar otras cosas. Toda renuncia siempre cuesta o produce algún tipo de sufrimiento. No hay, pues, opciones sin renuncias; y cuanto más grandes son las opciones más grandes son las renuncias. El Evangelio nos dice que aquellos pescadores, al escuchar el llamado de Jesús, “dejándolo todo lo siguieron”. Lo apostaron todo, lo arriesgaron todo por Jesús, sin echar cálculos, sin miedos. Eran conscientes que todo lo que podían dejar o ‘perder’ es muy poco en comparación a lo que ganaban: el Reino de Dios. Nuestra opción por Jesús y su Reino nos lleva a relativizar muchas cosas en la vida.

El seguimiento también presupone “ponerse en camino”, es decir, desinstalarse; nadie puede seguir a alguien sin moverse de su sitio, sin dejar de hacer lo mismo. Seguir a Jesús implica ponerse en camino en la misma dirección y la misma ruta, pues es obvio que no se le puede seguir si vamos en una dirección opuesta; esto que parece evidente, en la práctica no lo es para muchos, es decir: quieren “ser cristianos” sin seguir a Jesús, o yendo en una dirección contraria a la que Él nos señala. Seguir a alguien es, en cierto modo, dejarse conducir por él. Para seguir a Jesús se hace necesario renunciar a tus “propios caminos” para conducirte por el camino que Él te propone; y ¿Cuál es ese camino?, es el camino que siguió con su vida, es decir, el “camino de la cruz”. Sería absurdo pretender un camino distinto, pues ese camino no sería el de Jesús. No podemos seguir al Señor si no estamos dispuestos a cargar con nuestra propia cruz de cada día, pero siempre con la alegría de saber que Jesús camina a nuestro lado.

Jesús, por otra parte, no prometió a sus discípulos que tendrían éxito en su misión, sólo les garantizó su presencia a lado de ellos: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) ¿Qué más garantía podemos pedir? Su presencia a lado nuestro es suficiente para avanzar afrontando los retos del seguimiento. Es el Señor quien nos da la fuerza para no sucumbir ante los problemas de la vida diaria, para mantener la paciencia, la serenidad, la paz interior y jamás perder la alegría. Seguir a Jesús siempre será una ganancia para nosotros.

La aceptación de las exigencias del seguimiento implica valentía, coraje, audacia, fortaleza. Todas esas actitudes deben brotar de nuestro amor a Cristo. Un cristianismo a bajo precio, que en vez de peligros nos traiga privilegios y favores, tiene muy poco que ver con el seguimiento a Cristo.

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