First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Si Escuchas Su Voz
El Fetichismo del Dinero
Si Escuchas Su Voz
Padre Lorenzo Ato

La raíz de todos los males es el amor al dinero” (1Tm 6, 10). 

El Evangelio establece ciertas incompatibilidades ante las cuales el cristiano tiene que tomar una opción, una de ellas es el apego al dinero: “Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). Esto lo decía Jesús ante un auditorio de fariseos que, como hace notar el mismo Evangelio, “eran hombres apegados al dinero” (Lc 16, 14); muchos de esos fariseos, “hombres religiosos”, no veían ninguna incompatibilidad entre la vivencia de su fe y su apego al dinero. El poder que da el dinero, la acumulación de riqueza, no deja de ser una permanente tentación, también para algunos líderes religiosos. Algunos parecen no sentir escrúpulos de devorar los “bienes de los pobres” bajo pretexto de “largos rezos” (Cf., Mt 23, 14).

En varios pasajes del Antiguo Testamento se nos advierte frente a los peligros de la riqueza en cuando pueden desviar el corazón del hombre y constituir una forma de idolatría. En el libro del Eclesiastés se nos dice: “Hay un grave mal que yo he visto bajo el sol; riqueza guardada para su dueño, y sólo sirve para su mal” (Qo 5, 12). El libro de los Proverbios señala que al que tiene riquezas le sobran los amigos, pero, “en el día del juicio de nada servirán las riquezas, en cambio la justicia libra de la muerte” (Pr 11, 4). En los Salmos también encontramos alusiones del riesgo a que conllevan las riquezas: “Comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede con plata sobornarlo” (Sal 49, 8);  “No temas cuando el hombre se enriquece, cuando crece el boato de su casa. Que a su muerte, nada ha de llevarse, su boato no bajará con él” (Sal 49, 17). El profeta Amós (Cf., Am 8, 4-7), conocido como el “profeta de la justicia”, cuestionaba a una sociedad que presumía de ser muy ‘religiosa’ y cumplidora de la ley del Señor, y a la vez era indolente ante el sufrimiento del pobre, peor aún, quienes se dicen creyentes resultan ser los causantes de la injusticia que se comete contra los más pobres, se enriquecen a costa del pobre, hacen negocios aprovechándose de la fe y credulidad de la gente sencilla.

En el Evangelio Jesús tiene duras palabras contra los que se han dejado llevar por la tentación del dinero, nos dice que “es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos” (Cf., Lc 18, 24). Obviamente, Jesús no pretende decir que los ricos no se salvarán o que estén predestinados a la condenación, pues “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4). Lo que hace notar Jesús es que quien tiene apego por el dinero difícilmente podrá evitar caer en la codicia, en la indolencia ante el pobre, la falta de solidaridad, con lo cual se auto excluye del Reino de Dios. Jesús nos exhorta a guárdanos de toda codicia, “porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por su bienes” (Lc 12, 15).

El apóstol Pablo exhorta a vivir totalmente desapegados de las riquezas, “porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso” (1Tm 6, 7-8). Para el apóstol las riquezas representan un peligro, una constante tentación que el cristiano debe vencer; “los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y la perdición” (1Tm 6, 9). Pablo señala con toda claridad que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1Tm 6, 10).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “el precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos” (Catecismo de la Iglesia, N.° 2544); además, “el décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder” (Catecismo de la Iglesia, N.° 2552). El dinero no es bueno ni malo en sí mismo. Jesús no condena el dinero sino el mal uso del mismo; condena la codicia, la injusticia, la indiferencia ante la necesidad del pobre. El dinero puede servir para realizar muchas obras en beneficio de los más pobres; la Iglesia misma tiene necesidad de dinero para sacar adelante sus numerosas obras sociales. Hay personas con bastante dinero que suelen ser generosos ayudando a la gente necesitada; pero, muchos ricos, lamentablemente, suelen poner toda su confianza en el dinero, al punto que terminan por olvidarse de Dios al ignorar o ser indolentes ante el necesitado.

El papa Francisco ha vuelto a poner de relieve la necesidad de una Iglesia al servicio de los pobres. Si bien es cierto que la Iglesia no tiene una naturaleza política, sino espiritual, eso no significa que podamos eludir el compromiso con los más pobres. El Papa nos dice que quiere una Iglesia “pobre y para los pobres”. Ha exhortado a los obispos a salir al encuentro de los pobres. La preocupación del Papa tiene sustento en el mismo Evangelio; su llamado cobra especial urgencia en una sociedad poco sensible ante el sufrimiento de los pobres, ante modelos económicos que generan mayores brechas de exclusión.

Los países más pobres abren sus fronteras a los grandes capitales. En su afán de atraer las inversiones extranjeras; como política para generar empleo, los gobiernos de esos países pobres otorgan facilidades a las grandes empresas, algunos recortan derechos laborales de los trabajadores, bajo el pretexto de la “flexibilidad laboral”. Como resultado de esas políticas económicas de corte neoliberal, los más afectados son los más pobres de la sociedad, las transnacionales recuperan muy pronto sus inversiones y se enriquecen rápidamente, mientras que las condiciones de vida de los sectores más excluidos de la sociedad no mejoran.

Los modelos económicos neoliberales implementados en América Latina han contribuido a abrir más la brecha de la inequidad. Algunos de esos países pueden mostrar, en cifras significativas, índices de crecimiento económico, reducción de la inflación, aumento de inversiones; pero sólo en términos de indicadores macroeconómicos, pues dichos logros no repercuten en una mejora de la calidad de vida de los sectores más vulnerables de la sociedad. Muchas veces los pobres siguen siendo considerados como mano de obra barata, una “mercancía”, un eslabón en la cadena productiva, no como personas que tienen derechos inalienables que el Estado debe proteger.

El Papa exhorta a oponernos a la idolatría del dinero, nos hace ver la falta de humanismo subyacente en los modelos económicos que promueven la cultura del bienestar. Esa “cultura del bienestar” (vinculada al consumismo) “nos anestesia”, nos hace indiferentes ante el dolor humano de los otros. El Papa condena también el “fetichismo del dinero” y la “dictadura de la economía sin rostro”: “Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (Evangelii Gaudium, 55).

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