Si Escuchas Su Voz

Bajo El Signo de La Esperanza

Posted

Con la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey culmina el Año Litúrgico bajo el signo de la esperanza del cumplimiento de las promesas de Dios. El Señor Jesús vendrá lleno de gloria al final de los tiempos y entonces su Reino, ya inaugurado con su primera venida, llegará a su plenitud. Jesús es la plenitud de nuestras esperanzas (plenitud de la justicia, del amor y la felicidad), por encima de cualquier utopía intramundana de un mundo feliz (imposible construir con solo el esfuerzo humano).

El Año Litúrgico también se abre, con el Adviento, bajo el signo de la esperanza de esa primera venida; un hecho histórico que dividió el conteo del tiempo en un antes y un después del nacimiento de Jesús. El tiempo de la Iglesia transcurre entre la primera y segunda venida de Jesús, para anunciar y contribuir al crecimiento del Reino de Dios.

El Adviento no debe desligarse de la esperanza en la segunda venida de Jesús, pues no hay ningún tiempo vacío (o de ausencia) entre ambas venidas. No debemos reducir el tiempo de Adviento a una preparación para celebrar la primera venida de Jesús en la Navidad. El Adviento nos remite también a la Parusía (segunda venida) y la Parusía está anclada en el Adviento. El que vendrá lleno de gloria al final de los tiempos es el mismo que vino y nació en Belén hace poco más de dos mil años; es el mismo que está también en medio de nosotros. Cristo no solamente viene al final de los tiempos, Él también está presente hoy, aunque de modo distinto. Hay que saber descubrir los signos de esa presencia en medio de nosotros para que no nos suceda lo que dice el Evangelio de Juan: vino a los suyos; pero los suyos no lo recibieron porque prefirie­ron las tinieblas a la luz (Cf., Jn 1, 11). Jesús mismo nos dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Él sigue presente en medio de nosotros: por su palabra, los sacramentos y, sobre todo, en el rostro de nuestro prójimo sufriente.

Jesús comenzó su misión anunciando la llegada del Reino de Dios, Él mismo es el Reino presente en medio de nosotros, pues con Jesús nos llega la salvación. El Reino de Dios es también lo más importante que el hombre debe buscar alcanzar; en efecto, Jesús nos dice: “Busquen el Reino de Dios y lo demás les será dado por añadidura” (Mt 6, 33). El Reino de Dios es lo absoluto, lo demás es relativo; pues, de nada le servirá al hombre que gane todos los honores y privilegios imaginables de este mundo si finalmente pierde ese Reino de Dios, es decir, si pierde su propia salvación (Cf., Lc 9, 25). El Reino de Dios es la misma salvación que Jesús nos ha traído, la Iglesia trabaja por expandir ese Reino de Dios en la tierra. Todos los cristianos estamos llamados a trabajar por ese Reino de paz, de justicia y de amor.

Jesús es ese Rey que viene a traernos un Reino que no es de este mundo (Cf., Jn 18, 36). El reinado de Jesús no tiene ningún punto de comparación con los reinos de este mundo; es un Reino que no tiene nada que ver con honores y privilegios o componendas políticas. Es un Reino que se basa en el amor y no en la fuerza, en la debilidad y no en el poder mundanal. Jesús ese rey que se muestra ante Pilatos en la aparente debilidad, sin tronos ni coronas de oro, sin ejércitos a su disposición, precisamente porque su reino no es de este mundo. Jesús—nos dice el papa Francisco—“quiere hacer entender que por encima del poder político, hay otro modo más grande, que no se logra con medios humanos. Él ha venido a la tierra para ejercer este poder, que es el amor, dando testimonio de la verdad (Cf., Jn 18, 37). Se trata de la verdad divina que, en definitiva, es el mensaje esencial del Evangelio: ‘Dios es amor’ (1Jn 4, 8) y quiere establecer en el mundo su reino de amor, de justicia y de paz. Y este es el reino del cual Jesús es el Rey, el que se extiende hasta el fin de los tiempos” (Papa Francisco: Ángelus del domingo 25 de noviembre de 2018, Solemnidad de Cristo Rey).

Este Reino de Dios que está fundado en el amor, como dice el papa Francisco, confiere a los que lo acogen con fe en su corazón, la libertad y la plenitud de vida. Para entrar en ese Reino se hace necesaria, ante todo, una actitud humilde como la de Jesús. De ahí que la Iglesia deba ser siempre consciente que la eficacia de su misión no depende de algún tipo de alianza con el poder terrenal, sino de su plena confianza en la acción del Espíritu, renunciado a privilegios que limiten su autonomía. La Iglesia, como Jesús, debe ponerse al lado de los más pobres, pues ellos son los destinatarios privilegiados del anuncio del Reino de Dios.

El lenguaje apocalíptico con que los evangelios sinópticos aluden o describen los signos o señales anunciadores de la segunda venida del Señor (Cf., Mc 13, 24-26; Mt 24, 29-30; Lc 21, 25-28), no debe inducirnos al error y considerar esa venida como si fuera una catástrofe cósmica; detrás de ese ropaje literario está el acontecimiento central: la venida del Señor. Jesús no viene para destruir este mundo sino para llevarlo a plenitud. Las “señales” de la proximidad de la segunda venida no deben ser motivo de temor o angustia. El Evangelio nos dice: “cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, se acerca su liberación” (Lc 21, 28). Jesús viene a liberarnos y hacernos participar plenamente de la salvación. Cuando afirmamos que Jesús volverá lleno de gloria, queremos decir que el Reino de Dios (la Salvación) alcanzará su plenitud, se cumplirán todas las promesas de Dios, sus elegidos participarán plenamente de la Salvación, el hombre y la creación entera alcanzarán sus fines, se aniquilará la muerte, se acabará el dolor, la tristeza, el sufrimiento, “ya no habrá más llanto ni dolor” (Ap 21, 4); por ello la Iglesia exclama en la Liturgia: ¡Ven Señor Jesús!

El Cristianismo es siempre un mensaje de esperanza, la cual nos anima, motiva, da sentido a nuestros sacrificios, trabajos, nos da la fuerza y alegría para soportar las tribulaciones. Nosotros no esperamos solo algo en la vida, esperamos encontrarnos con alguien que es Cristo, porque Él es el sentido y el objeto de nuestra esperanza; ésta se sustenta en la fe: esperamos porque creemos. Esa fe y esperanza se concretan en el amor, en la praxis de la caridad fraterna.

Comments

No comments on this story | Please log in to comment by clicking here
Please log in or register to add your comment